Mientras las obras lucen impecables, las calles cuentan su propia historia...
Mientras las obras lucen impecables...
Para quienes conducimos diariamente (especialmente en zonas como Tlajomulco, El Salto, la salida a Tepatitlán, la carretera a Saltillo o el corredor hacia Chapala, donde recientemente se invirtieron millones para “arreglar” apenas 6 kilómetros) el deterioro es evidente y constante. No hace falta manejar mucho para darse cuenta de que cada trayecto es una ruleta de baches, hundimientos y parches mal hechos.
Y mientras tanto, las obras “de reflector”, esas que sí se ven bien en las redes sociales, marchan a toda velocidad. La Minerva (que muchos dicen que “rete bonita va a quedar”), el parque rojo con más de tres meses intervenido, la plaza de la liberación y nuestras famosas fuentes bailarinas avanzan sin pausa y con reflectores. Sin embargo, existe otra realidad que miles de ciudadanos vivimos todos los días, y esa no aparece en ningún comunicado oficial.
Baches dentro de la ciudad: un problema que no se esconde ni con el mundial.
En lugar de resolverse, los baches se han multiplicado en diversas carreteras del estado. Y aquí dentro de la ciudad, hay avenidas y colonias completas que parecen un mosaico de parches. El oriente es ejemplo claro: calles que se rehabilitan “por pedazos”, zonas que se hunden tras cada lluvia, y tramos donde manejar parece más un deporte extremo que un simple traslado.
La temporada de lluvias, recién terminada, solo dejó más evidencia: el mantenimiento básico está quedando en segundo plano. Mientras los recursos se van a obras nuevas o remodelaciones vistosas, los ciudadanos promedio seguimos batallando con llantas ponchadas, suspensiones dañadas, tráfico causado por baches y tramos intransitables.
Una ciudad que necesita más que maquillaje
Es claro que Guadalajara y su zona metropolitana requieren intervenciones de fondo. No solo obras grandes y vistosas, sino atención constante y responsable a lo que verdaderamente afecta la movilidad diaria. Porque por más bonita que quede la Minerva o cualquier otro punto icónico, la experiencia real de quienes viven y circulan aquí no se maquilla.
El problema no es la inversión en nuevos proyectos (porque la ciudad necesita modernizarse) sino el abandono de lo básico. Y eso, tarde o temprano, se nota... en cada llanta ponchada, en cada suspensión tronada y en cada minuto extra que nosotros los ciudadanos pasamos esquivando cráteres urbanos.

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